Como consumidores, nuestro modelo de vida y de consumo contribuye al cambio climático. Para llegar a nuestras manos, la mayoría de los productos y servicios requiere cierto consumo de energía, ya sea en el proceso de producción o en su transporte, o en ambos. Esto suele implicar la quema de combustibles derivados del petróleo y el carbón, de gas o de leña, lo cual libera el carbono de esos combustibles que en la atmósfera se convierte en dióxido de carbono (CO2), el principal causante del cambio climático.
La mayor cantidad de estas emisiones provienen de la generación de energía eléctrica y del transporte. Ahí es donde la sociedad utiliza más energía y también es donde puede actuar para reducir su contribución al cambio climático: usando racionalmente la energía eléctrica y buscando alternativas a las distancias que recorre y al tipo y al estado del vehículo que emplea.
Esto significa:
- modificar nuestros patrones de consumo de energía, lo cual no está reñido con la calidad de vida;
- preferir bienes que se producen localmente sobre aquellos producidos a miles de kilómetros de distancia;
- transportarnos en vehículos más eficientes, pues por cada tres litros de gasolina quemada se emite un kilo de dióxido de carbono (algunos vehículos particulares nuevos son muy ineficientes);
- exigir un mejor transporte público.
Otros impactos del consumo:
> Sobrepeso y obesidad
> Alteraciones de conducta
> Generación de desechos
> Alternativas